14 enero 2006

Gran Turismo

5 Comments:

Anonymous said...

Que rico mate, salame, chico, pan.....el glaciar TODOOOOOOO!!!!!!!, pero yo me lo quiero comer a Christof......mas besos, cuidense.....ana

enero 14, 2006  
[PI] obseus said...

hit from the bong?

enero 15, 2006  
Anonymous said...

Anoche llegue a Bs.As,y ya estoy indagando en vuestro viaje .Me parecio increible la foto del matero y el perito Moreno al fondo. tambien lindisimo geronimo.Christof mira que si le haces rakles (creo que se escibe asi ) a Vivi y a Victor antes que a mi me voy a poner muy celosa. un beso a los dos Mercedes

enero 17, 2006  
juli said...

increible esta foto!eh!que envidia!yo también quiero!veo que os cuidais!suerte!besote

enero 20, 2006  
Daniel, el del mate. said...

"Los satelitos viajan por la estratósfera y se ven, se mueven", dijo un suizo contemplando un cielo nocturno. (Fue una de las tantas frases célebres que no estarán incluídas en su libro, en su sueño)
Pero su compatriota argentinizado expuso una extensa y sabia teoría de por qué piensa que no son satelites. Adhiera uno o no a cualquiera de las teorías, no se puede dejar de reconocer que el cielo brillaba como nunca.
Mi memoria es pasmosa, a veces vivo más cosas que las que recuerdo, y otras, recuerdo más cosas de las que he vivido.
Este es un fragmento de algo que me parece haber vivido en aquellos días, pero no estoy muy seguro:
Mientras viajabamos a dedo hacia el parque nacional donde espera majestuoso el ventisquero, un tal Medina, dueño de una estancia llamada "La Segura", nos llevó un tramo de nuestro recorrido y nos contó que la zona está repleta de pumas, y que existen algunos hombres ("Los leoneros") que se dedican a cazar a estos felinos por $400 por pieza obtenida. Mi curiosidad me consumió y decidí quedarme en aquel paraje para conocer al "leonero" contratado por el señor Medina.

-Entre los pumas y los hijueputas que paran en la ruta a robar, ya me mataron 150 ovejas este mes. Ya lo vas a conocer a Hugo Guillén. Ahí viene.

Hombre de expresión adusta, manos fuertes y firmes, mirada profunda y un rifle colgado a la espalda. No me dirigió la palabra hasta que Medina le dijo que esa noche subiría al cerro con él, de cacería.

-Trabajo solo- fueron las únicas palabras de Guillén.

Tormenta. El cielo se despedazaba en chaparrones y ruidos de guerra. Así parecía sentirlo el leonero. Obligados por el clima debimos compartir 3 días y 3 noches en una precaria construcción de adobe. Mientras amainaba la tormenta, también mermaba poco a poco, mate a mate, el silencio del cazador. Pude observar que en su morral llevaba un libro que cada tanto abría.

Medina disfrutaba de su caserón con chimenea y humo blanco. Medina disfrutaba de su humo blanco.

-Está bien. Va a subir usté conmigo. Tenga presente que no es juego.

Hice un gesto entre afirmativo y agradecido.
La madrugada me sorprendió con un Guillén llorando, mate en mano, sentado en la puerta de la casa. Opté por hacerme el dormido.

Medina disfrutaba de su caserón con chimenea y humo blanco. Medina disfrutaba de su humo blanco.

Comenzamos a subir un rato antes del atardecer. No podía despegar mi mirada de Guillén, fantasma diurno de ojos ausentes, camina por instinto, no hay inquietud alguna en su rostro ni en sus gestos, parece no existir el mundo exterior para él, parece pertenecer, desde su soledad, a un universo no declarado situado entre el recuerdo de lo inaudito y la inminencia de una certeza.

-Tengo la certeza de algo que no entiendo- dijo sorpresivamente quebrando el silencio y regalando una sonrisa que no recuerdo haber visto antes. Su sonrisa recuerda mil espantos vencidos, la gracia que triunfa sobre lo terrible.

Llegamos al lugar indicado e improvisamos una especie de trinchera. Sacó el libro del morral (no pude ver ni el título ni el autor) y se sumió en un oscuro estado de ensimismamiento.

Todo estaba oscuro. Guillén tiró el libro repentinamente y tomó en forma brusca su rifle y comenzó a disparar a la nada, a su Nada. Lloró sin que un músculo de su cara se mueva. Descargó así un cartucho entero.

Medina disfrutaba de su caserón con chimenea y humo blanco. Medina disfrutaba de su humo blanco.

Le dije a Guillén que oí ruidos atrás nuestro. Cargó y caminó varios metros hacia el lado opuesto hacia donde mirabamos. Yo llegué unos segundos después que él y quedé mudo al verlo frente a un puma. Estaban cara a cara, sus ojos parecían no saber de otra cosa más que de lo que tenían enfrente. Un silencio total predominaba al igual que una ausencia absoluta de viento. el puma estaba herido, era notable. Su mirada parecía emanar dolorosa súplica dirigida a Guillén. Noté que por la dura mejilla del hombre bajaba una lágrima. Su mirada era una mezcla de tristeza infinita, odio y agotamiento, no lo sé. Un universo de sentires parecían fluir entre esas miradas. El tiempo y el espacio se borraron.

Medina disfrutaba de su caserón con chimenea y humo blanco. Medina disfrutaba de su humo blanco.

Guillén levantó su arma y apuntó. Agudizó aún más su mirada. El animal seguía clavado en sus ojos, en su alma desgarrada, no lo soltaba. El dedo se acercó al gatillo y pude ver en los ojos de Guillén que estaba mirando un espejo, que animal y hombre poseían el mismo abismo en las pupilas. El ceño fruncido del leonero, y la gota de sudor en su frente, dejaron ver que ya no iba a resistir la situación. Temí que dispare.

Medina disfrutaba de su caserón con chimenea y humo blanco. Medina disfrutaba de su humo blanco.

Cerré los ojos y vibré tan fuerte como pude deseando que no apriete el gatillo. Un aguilucho voló repentinamente sobre nostros graznando fuerte, lo sentí como si retumbara el graznido en mi pecho. Seco y triste sonó el disparo. Abrí lo ojos con una extraña sensación. Vi que el puma estaba vivo. Vi que el aguilucho atestiguaba desde una rama cercana. Vi que Guillén me miraba espantado. Vi, también, un hilo de sangre que bajaba de mi abdomen. Toqué mis ropas húmedas y caí a la tierra al vencerse mis rodillas. Miré al aguilucho y sentí otro graznido resonar en mi pecho. Cerré los ojos, en paz.

Medina disfrutaba de su caserón con chimenea y humo blanco. Medina disfrutaba de su humo blanco.

Siete días después contemplaba yo la magia del glaciar y el vuelo razante de las aves de la zona. Al cerrar los ojos sentía que miraba como un ave y que sobrevolaba el ventisquero, con ojos de aguilucho. Mientras tanto, un suizo loco me fotografiaba (no se ven las vendas de mi abdomen). Al abrir los ojos lo vi y le ofrecí un poco de la picadita que preparé como festejo por seguir con vida.

Medina disfrutaba de su caserón con chimenea y humo blanco. Medina disfrutaba de su humo blanco. Pero una mañana, después de noche lluviosa, abrió la heladera de su caserón con chimenea y murió electrocutado. De sus pelos chamuscados salió humo negro.

De la estancia "La Segura" me contaron en el Calafate que quedó abandonada.

De Hugo Guillén, me dijeron unos paisanos, que lo vieron hace días bajar del cerro sin su rifle y con un puma herido en brazos, que lo curó (se curó), y lo devolvió a su zona.

De los suizos locos, me contaron unos borrachos amigos de un bar patagonico, que los vieron al final de la ruta 40, mirando "satelitos" en un cielo estrellado.

daniel

enero 27, 2006  

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